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20-09-2016, 18:12

Así que recomiendo, ante todo, que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos, 2 especialmente por los gobernantes y por todas las autoridades, para que tengamos paz y tranquilidad, y llevemos una vida piadosa y digna. 3 Esto es bueno y agradable a Dios nuestro Salvador.” (1 Tim 2:1-3)

Poco nos detenemos a pensar acerca de la importancia de las leyes. Pasajes como estos nos enseñan que las leyes están con el propósito de que vivamos en paz y tranquilidad.

Hace unos días estaba viajando a capital y me encontraba entre General Paz y Corrales. En la colectora hay un semáforo, que como bien sabemos, está para regular es paso. Ese día el semáforo estaba fuera de servicio, solo en ese tramo el semáforo no funcionaba.

Muchas veces pasé por ahí, pero nunca había notado lo necesario que era el semáforo en ese lugar. Los autos no dejaban de pasar, y en los minutos que estuve esperando para poder cruzar, casi presencio dos choques. Luego en un momento de congestión me arriesgue y crucé. Nadie se detuvo, nadie cedió el paso. Los peatones teníamos que aventurarnos  a cruzar y los autos tenían que hacer maniobras para no chocar. Todo eso porque no servía un semáforo.

Me pregunté esa tarde, ¿qué pasaría con nosotros si por un día se anularan todas las leyes? Las leyes de transito fueran nulas, se apagaran todos los semáforos, la constitución así como todas las convenciones humanas fueran invalidas por ese tiempo. Las personas podrían robar y nadie podría acusarlos. No existirían límites de velocidad ni espacio de autos o de peatones. Si las personas pudieran hacer lo que quisieran, ¿Qué sucedería?

Según lo que puede observar esa tarde, debo decir que ante la ausencia de leyes, la humanidad pierde su humanidad. En otras palabras, la humanidad desaparecería. Entonces, volviendo a leer las palabras inspiradas de Pablo, “paz y tranquilidad”, tienen gran sentido.

A pesar de que las leyes están para nuestro beneficio, tenemos la tendencia a revelarnos. No nos gustan, las evitamos y tratamos constantemente de burlarlas. Pero, esto refiriéndome a lo material, así que pensemos en lo espiritual por un momento.

Dios nos ha dejado la Palabra para que a través de ella tengamos esa clase de vida llena de paz y tranquilidad. Muchos hombres del Antiguo Testamento pudieron entenderlo de esa manera.

“Dichosos los que van por caminos perfectos, los que andan conforme a la ley del Señor. 2 Dichosos los que guardan sus estatutos y de todo corazón lo buscan.” (Sal. 119:1-2)

Algunos creyentes del pasado, aprendieron a amar la ley de Dios, no sólo por el hecho de que fuera un mandamiento, sino por los beneficios que traían a la vida.

“La ley del Señor es perfecta: infunde nuevo aliento. El mandato del Señor es digno de confianza: da sabiduría al sencillo. 8 Los preceptos del Señor son rectos: traen alegría al corazón. El mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos.” (Sal. 19:7-8)

A pesar de todo esto, nuestra humanidad hace presión incluso contra la ley de Dios. Vivimos en una época donde la moral prácticamente se ha perdido, donde las reglas poco a poco se están perdiendo, sobre todo aquellas que nos acercan a Dios. Las parejas se han alejado del matrimonio, el papá y la mamá de los roles que deberían llevar. Las personas intentan vivir como quieren en total libertinaje.

Incluso las personas están prefiriendo no creer en un Creador, porque eso implicaría sujetarse a Él, obedecer su Ley. Creen que es lo mejor para sus vidas, pero se están equivocando. Sufrimiento, dolor, depresión, ataques de ansiedad, soledad, amargura, estrés agudo, etc., son solo algunas de los tantos resultados a los que nos dirigen esta clase de vida.

Es por eso, hermanos, que debemos estar agradecidos con Dios, por permitirnos conocer su Palabra, no sólo porque nos ofrece un vínculo con él, sino porque nos permite tener vidas felices, en paz y tranquilidad, llenas de sabiduría.

Debemos valorar esto y no permitir que la corriente de este mundo nos lleve a otra dirección. El cristianismo no es fácil, pero es mucho mejor que vivir sin Cristo.

“Tú has hecho que mi corazón rebose de alegría, alegría mayor que la que tienen los que disfrutan de trigo y vino en abundancia. 8 En paz me acuesto y me duermo, porque sólo tú, Señor, me haces vivir confiado.” (Sal. 4: 7-8)

Ayudemos más bien a otros, a amar la Ley de Dios y encontrar verdadera quietud para sus corazones.


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